Versículo del día

sábado, 22 de marzo de 2008

Hebreos 2:10-18

JESUS COMPRENDE LO QUE SUFRES


A. JESUS SE UNIO CON NOSOTROS EN SUFRIMIENTO. Hebreos 2:10-13.

1. Convenía al Creador sufrir por su creación. Hebreos 2:10.
Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos.

Este versículo es sorprendente. Piensa en lo que “conviene” a un rey o presidente. Inmediatamente vienen a la mente palabras como honor, prestigio, mansión lujosa, privilegios especiales, abundantes tesoros, y ceremonias impresionantes. Ahora piensa en lo que “conviene” al Creador del universo desde la perspectiva humana. Si un rey humano merece honor, ¡cuánto más el Rey del universo! Merece adoración, lealtad, honor, gloria y alabanza. Merece nuestro aprecio y nuestra obediencia. Todo esto es cierto, pero mira lo que dice el texto. Dice que como el Creador iba a llevar muchos hijos a la gloria, le convenía perfeccionarse por medio de aflicciones.
Este versículo nos llama la atención primero a la gloriosa persona de Jesucristo, el Hijo de Dios, el gran Creador, y el Dueño de todo lo que existe. Es imposible exagerar la gloria, poder y exaltada posición que el Hijo de Dios disfrutaba antes de su nacimiento en Belén. Estaba con Dios, y era en su esencia y naturaleza Dios (Juan 1:1-3). La pérdida que Jesús sufrió al entrar como hombre en la raza humana fue tan enorme que no podemos imaginarla. Sin embargo, él la soportó voluntariamente por amor a nosotros.
La palabra traducida “autor” quiere decir literalmente “pionero”, o “él que va adelante para abrir el camino”. Otra palabra en español que lleva la idea es “capitán”. ¡Qué título más hermoso para nuestro Señor Jesús! Por medio de su vida, muerte y resurrección, Jesús abrió para nosotros el camino a Dios. Nos mostró cómo vivir, murió para pagar nuestra deuda de pecado, y resucitó como garantía que nosotros también resucitaremos. Fue el Pionero que nos abrió el camino a la vida eterna. Es el Capitán que nos guía por el camino hasta llegar a su presencia.
Este gran Pionero no se contentó en abrir camino para sí mismo, como hacen algunos aventureros que exploran nuevas tierras para poder explotarlas. El propósito de Jesús en venir a este mundo, sufrir y resucitar fue que muchos hombres y mujeres le siguieran a la gloria. El quería mucha compañía en su hermoso hogar. Nos había hecho para estar en comunión con él, y no podía soportar la idea de pasar la eternidad sin nosotros a su lado.
Para poder hacer esta gran obra, el santo Hijo de Dios tuvo que ser perfeccionado. Esto no quiere decir que había algún defecto en él, ni que había cometido pecado alguno. En este caso “perfeccionar” quiere decir “completar, hacer adecuado y efectivo”. ¿En qué sentido tuvo que ser perfeccionado Jesús? Tuvo que experimentar nuestros dolores y sufrimientos. Tuvo que sufrir tentaciones y pruebas. Tuvo que aprender por medio de la experiencia propia lo difícil que es resistir la tentación. Tuvo que padecer toda clase de dolor para que pueda consolarnos cuando estamos sufriendo.

2. Jesús se identifica plenamente con nosotros. Hebreos 2:11.
Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos, por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos.

Jesús está unido con nosotros, y somos unidos con él. Somos de una sola familia. El se humilló a la condición de hombre para que pudiera elevarnos a tener plena comunión con él. Cuando lo recibimos como Salvador, Jesús nos perdona, nos purifica con su sangre (nos santifica), y gustosamente nos llama sus hermanos y hermanas. Qué lindo es tener a un “hermano mayor” que está preparando todo para nuestra llegada a su presencia. Nos ama y se deleita en nuestro amor.

TEMA PARA REFLEXIONAR: Jesús, siendo el omnipotente Creador, no se avergüenza de llamarte “hermano”. ¿Te avergüenzas de él delante de tus amigos y familiares?

3. La unión de Cristo con su pueblo en profecía. Hebreos 2:12-13.
Diciendo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré. Y otra vez: Yo confiaré en él. Y de nuevo: He aquí, yo y los hijos que Dios me dio.

Este versículo cita Salmo 22:22 donde el Mesías llama “hermanos” a los que creen en él. Esto se aplica a los salvos de Israel, y especialmente a la Iglesia que se compone de creyentes judíos y gentiles. También cita de Salmo 18:2, y de Isaías 8:18. Este último versículo está hablando en el contexto de los hijos del profeta Isaías, pero el Espíritu Santo aplicó las palabras a Jesús. Reflejan el tierno amor que nos brinda, y el deleite con que nos acerca a su corazón como hermanos e hijos. ¡Qué gracia y qué amor!

B. JESUS NOS LIBERTO CON SU MUERTE. Hebreos 2:14-16.

1. Jesús nos libró de Satanás y del temor de la muerte. Hebreos 2:14-15.
Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.

¿Por qué nació Jesús como hombre? ¿Por qué entró en la raza humana, sabiendo que le iba a costar terrible sufrimiento y muerte? Lo hizo precisamente porque sus amados hijos eran hombres. Jesús vivió bajo las limitaciones y condiciones humanas para identificarse totalmente con nosotros (menos en el pecado), y así librarnos de dos grandes enemigos: la muerte y Satanás.
Para librarnos de la muerte, tuvo que vencer la muerte. Tuvo que morir y resucitar para mostrar decisivamente que la muerte no puede retener en sus garras a los que son de Jesús.
Para librarnos de Satanás, tuvo que entrar en la esfera donde Satanás reina como el “príncipe del poder del aire” (Efesios 2:2), y sufrir todas las tentaciones que éste podía hacerle. Tuvo que vencer sus insinuaciones y maquinaciones en carne propia. Tuvo que someterse a la voluntad del Padre hasta la agonizante y humillante muerte de cruz. Y finalmente, tuvo que resucitar en victoria de la tumba en un glorioso cuerpo eterno.
Satanás nos había esclavizado por lo menos de dos maneras. Primero, nos engañó, haciéndonos creer mentiras acerca de Dios, nosotros mismos, y la naturaleza de la felicidad. Este engaño nos llevó a rechazar a nuestro amante Dios, exaltarnos pensando que podemos ser pequeños dioses, y buscar felicidad en cosas terrenales y materiales. En fin, engañados por Satanás, nos rebelamos contra Dios y nos entregamos al pecado. Jesús dijo claramente que el que hace pecado, esclavo es del pecado (Juan 8:34).
Segundo, Satanás nos esclavizó por medio del temor a la muerte. Los engaños del enemigo tienen que ver con el temor a la muerte. Calumniando a Dios, nos hizo creer que los designios y propósitos de Dios con relación a nosotros son caprichosos, que él no es digno de confianza, y que podemos disfrutar mejor la vida apartado de él. A la vez, exaltó la vida terrenal, enseñando que esta es todo, y que la vida después de la muerte es insegura. Nos hizo enfocarnos en esta tierra, y olvidar que tenemos un destino mucho más grande que este pequeño planeta. Al hacernos creer que la única felicidad que importa es la que encontramos en esta tierra, nos insinuó que la muerte es un terrible enemigo que acaba con todo lo bueno. Los que creen estas mentiras del enemigo sufren durante toda su vida por temor a la muerte que se aproxima. No pueden disfrutar plenamente de las bendiciones que Dios les da libremente, porque tienen miedo de perderlas.
Cuando Jesús murió y resucitó, dejó desarmado a Satanás. Mostró en su propia carne que la muerte es solamente una puerta que nos lleva a una vida más hermosa que esta. Escogió la muerte más agonizante y cruel posible, para mostrar que tiene poder sobre la muerte en todas sus formas. Si venció la más terrible, su victoria es total. Resucitó en un cuerpo humano glorificado, inmortal, y sin limitaciones. Como es nuestro Hermano mayor, nuestro Pionero que va delante mostrando el camino, y nuestro gran Capitán, sabemos que nuestro cuerpo eterno será parecido al suyo.
La muerte y resurrección de Jesús nos libran del temor a la muerte. Nos libran para disfrutar de lleno los años que tenemos en esta vida. Nos libran de las mentiras de Satanás, y nos libran del poder del pecado en nuestra vida. ¡Qué Salvador glorioso y fiel! Dale gracias ahora mismo por lo que logró por ti cuando murió en la cruz y resucitó.
Nota: Cuando dice que Jesús “destruyó” a Satanás con su muerte y resurrección, no quiere decir que lo acabó. Obviamente el enemigo todavía existe, y está operando en el mundo. De hecho, existirá para siempre en el lago de fuego (Apocalipsis 20:10), ya que Dios al crearlo lo hizo un ser eterno, igual que los hombres. La palabra “destruir” en este versículo quiere decir más bien “incapacitar o nulificar”. Satanás perdió su autoridad sobre los que creen en Jesús como Salvador. Su poder ha sido quebrantado, y sus armas destruidas. Esto no implica que Satanás no tiene autoridad ni poder en los incrédulos. Los que no han confiado en Jesús están bajo su dominio, engañados por sus mentiras, y llenos de temor acerca del porvenir. Sólo los que ponen su fe en Cristo escapen de sus artimañas.
2. Jesús hizo por los hombres lo que no hizo por los ángeles. Hebreos 2:16.
Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham.

Los ángeles, siendo puro espíritu, no pueden comprender la condición humana. No pueden simpatizar a fondo con nuestro dolor, con nuestras tentaciones, y nos nuestra debilidad. Jesús en cambio puede hacerlo, porque él se hizo hombre.
Aunque los amaba, Jesús no se hizo ángel para rescatar a los ángeles que pecaron. Había hecho a cada ángel en una creación por separada. En la eternidad pasada, cada ángel tomó su decisión de mantenerse fiel a Dios o de levantarse contra él en la rebelión de Lucero. Una vez tomada la decisión, cada ángel fue confirmado en el estado que había elegido. Los ángeles que escogieron a Dios fueron confirmados en santidad, y los que se rebelaron fueron confirmados en la maldad.
En cambio, Jesús tomó cuerpo humano. Fue hecho por un tiempo un poco menor de los ángeles para poder sufrir muerte y rescatar así a todos los que creemos en él. Dejó sus riquezas y gloria en el cielo por un tiempo, para que nosotros podemos compartirlas con él para siempre.

C. JESUS NOS SOCORRA EN LA TENTACION. Hebreos 2:17-18.

1. Jesús sufrió para que pueda ser nuestro sumo sacerdote. Hebreos 2:17.
Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.
En resumen vemos que el ministerio del sumo sacerdote tenía dos partes principales. Debía ofrecer sacrificios para limpiar el pecado del pueblo, y debía interceder por el pueblo ante Dios. En adición, el sumo sacerdote llevaba sobre sus hombros y sobre el pecho piedras costosas que tenían grabados los nombres de las tribus de Israel (Exodo 28:9-21). El hombro significa fuerza, y el pecho amor. El sumo sacerdote, entonces, debía sostener espiritualmente al pueblo, y amarlo así como Dios lo amaba.
Ahora bien. Jesús es el perfecto sumo sacerdote. Ofreció el sacrificio perfecto por el pecado, no solamente de Israel, sino del mundo entero (1ª de Juan 2:1-2). Intercede constantemente por los suyos (Hebreos 7:25). Además nos sostiene por su omnipotente poder, y nos ama con amor sin límites.
Los sumo sacerdotes a través de la historia de Israel muchas veces fracasaban en su ministerio. No fueron ni misericordiosos ni fieles. Jesús en cambio entró en la raza humana para que pudiera compartir nuestros dolores, y así ser un misericordioso sumo sacerdote. Con respecto a Dios, fue totalmente fiel. No falló en un solo punto. Cumplió perfectamente la voluntad del Padre.

2. Jesús sufrió para que pueda socorrernos cuando somos tentados. Hebreos 2:18.
Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.

Siendo Dios, ¿cómo pudo nuestro Señor sufrir siendo tentado? Si no era pecador, ¿cómo pudo ser tentado? Sencillamente, Jesús pudo ser tentado porque al ser realmente humano, tenía verdaderas necesidades humanas. Igual que nosotros, necesitaba comida, agua, amor, compañerismo, aprecio, y muchas otras cosas tanto físicas como emocionales. Jesús, siendo humano, sentía dolor físico y emocional al faltar alguna de sus necesidades. La tentación de hacer mal no procede necesariamente del deseo de hacer mal (aunque muchas veces esto sucede en el caso nuestro). Más bien, la tentación de hacer mal procede de que el tentador presenta algo que puede satisfacer una necesidad legítima de manera incorrecta.
Pongamos un ejemplo de la Biblia. La pareja Ananías y Safira de Hechos 5:1-11 eran avaros y orgullosos. Anhelaban ser estimados por la iglesia por su generosidad, pero a la vez querían disfrutar de su dinero. Satanás aprovechó su debilidad para plantar en su mente la idea de mentir a la iglesia. Vendieron una propiedad, y llevaron una parte del precio a la iglesia diciendo que era todo. Ananías y Safira cedieron a la tentación porque su corazón ya estaba inclinado hacia la maldad, especialmente hacia la avaricia.
En el caso de Jesús, no había nada en él que resonara con la tentación a hacer mal. Era del todo santo y puro, y no había nada de pecado en él. Jesús tenía verdaderas necesidades, pero dependía totalmente de su Padre para satisfacerlas o no, según su voluntad. Jesús sufría verdadero dolor, pero no quiso en ningún momento aliviarlo por medios no aprobados por su Padre. Así vemos que Jesús pudo ser tentado, y pudo sufrir siendo tentado, sin ceder en lo más mínimo al pecado.
El hecho de que Jesús venció la tentación lo acredita para socorrernos cuando somos tentados. El ha pasado por la experiencia, de modo que sabe cuánto duele. El ha ganado la victoria, de modo que puede ayudarnos a ser victoriosos también.