Versículo del día

lunes, 11 de octubre de 2010

Hebreos 6:13-20

TENEMOS UN ANCLA SEGURA
Hebreos 6:13-20


Aunque algunos teólogos usan Hebreos capítulo seis como base del argumento que el creyente puede perder su salvación, uno de los textos más fuertes que afirma la seguridad del creyente en Cristo se encuentra al final del capítulo. Ahí tenemos un ancla para nuestra fe, un soporte seguro para nuestra confianza.
¿Para qué sirve una ancla? Los barcos necesitan anclas como medio de seguridad.

• El ancla mantiene el barco en el sitio donde el capitán quiere. Cuando hay corriente o viento, el barco puede ser arrastrado fácilmente por el agua si no tiene una ancla fuerte y bien asentado.
• El ancla protege el barco de naufragar contra las rocas. Por causa de no tener ancla, muchos barcos han sido destruidos por las rocas durante tempestades. El ancla mantiene el barco en aguas profundas.
• El ancla bajado en alta mar ayuda al capitán a mantener su dirección en medio del viento o la neblina.

Todos estos usos del ancla tienen su contraparte en la vida espiritual.
• Necesitamos una ancla segura para protegernos de las corrientes mundanales de nuestra cultura, y para afirmarnos contra las falsas doctrinas.
• Necesitamos una ancla segura como protección contra los pecados que harían naufragar nuestra vida.
• Necesitamos una ancla que nos mantiene seguros en Dios cuando la situación es confusa y cuando Satanás nos ataca con dudas y tentaciones.

¿Tenemos un ancla segura en que podemos confiar? ¡Si la tenemos! Y el autor de Hebreos nos habla de ella en el pasaje que estudiaremos en esta lección.

Las anclas materiales a veces fallan. A veces son demasiado livianas para sostener el peso del barco. A veces los que tiran el ancla no lo asientan bien, y ella se corre bajo las olas, llevando al barco a la destrucción. A veces se rompe el lazo que une el ancla con el barco. Por eso los barcos grandes llevan muchas anclas. No pueden confiar en una sola.

Los creyentes, en cambio, necesitamos una sola ancla. Es firme, digna de plena confianza, y eterna. ¿Qué es esa ancla que da descanso a nuestro alma? Veremos.

EL JURAMENTO DE DIOS. Hebreos 6:13-20

1. La situación. Hebreos 6:13-15.
Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente. Y habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa.

CONTEXTO. Abraham estaba andando en la tierra desértica. Abraham era viejo. Tendría más de 110 años. Había adorado a Jehová Dios durante casi un siglo. Cuando Dios primero le habló, era un idólatra pagano que vivía en la ciudad de Ur de los caldeos, y estaba casado con una hermosa mujer llamada Sarai. Ellos querían tener familia, pero hasta el momento, no tuvieron hijo. Dios prometió al joven Abram una familia grande, una tierra fructífera, y una herencia eterna (Génesis 12:1-5). Luego le dijo que dejara a su tierra natal, y que viajara a la tierra nueva que iba a ser su heredad. Abram creyó a Dios y le obedeció. Llegó a Canaán, y Dios le dijo que ésta iba a ser su tierra para siempre.

Abram estaba en la tierra que Dios le había prometido, pero todavía no tenía hijos. ¿Dónde estaba la familia grande de que le había hablado Dios? Pasaron los años, y el Señor enseñó muchas cosas a Abram y su esposa. Cambió sus nombres por Abraham (padre de una multitud), y Sara (princesa), pero no les dio hijo. Por fin pasó el tiempo en que humanamente pudieran tener hijos. Por poco pierden la esperanza de que Dios les fuera a cumplir la promesa. ¡Entonces por milagro de Dios nació un niño! Abraham tenía cien años y Sara noventa. ¡Cuánto amaban a ese muchacho! Lo llamaron Isaac que quiere decir “risa”. Era la alegría de su vida, y la confirmación de sus años de confianza en el Señor.

Pasaron unos quince años, y Abraham, Sara e Isaac vivían contentos. Entonces una noche Dios habló con su amigo Abraham. Le dijo que tomara a su único hijo, el hijo de la promesa, y que lo sacrificara sobre un altar en un monte que quedaba a tres días de viaje. ¿Puedes imaginar la angustia en el corazón de aquel anciano? Dios le estaba pidiendo más que su vida. Estaba pidiendo lo que amaba más en todo el mundo. Estaba pidiendo su esperanza para el futuro. Con gusto Abraham hubiera entregado su propia vida por la de Isaac. Hubiera ofrecido todo su ganado en sacrificio por salvar la vida de su amado hijo. Pero Dios le pidió lo mejor, y Abraham obedeció.

Tomó a Isaac en el largo viaje. Subió con él al monte Moriah donde más adelante fue construido el templo de Jerusalén. Levantó el altar, puso encima la leña, amarró a su hijo, y lo acostó sobre el altar. Su corazón palpitaba con angustia, y lágrimas corrieron por sus arrugadas mejillas mientras alzó el cuchillo para matar a su hijo Isaac. En ese momento Dios lo llamó. Le mostró un animal que podía ofrecer en lugar de Isaac, y le dio la promesa que cita el autor de Hebreos: Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz (Génesis 22:16-18).

¡Qué alivio sintió el anciano! ¡Con qué regocijo abrazó a su hijo Isaac! Su hijo no moriría. Viviría, y sería el progenitor de muchos descendientes. La confianza y el gozo de Abraham estaban basados en la promesa inquebrantable de Dios. Y esa maravillosa promesa incluye a nosotros también, porque dice que en la simiente de Abraham todas las naciones recibirían bendición.

¿De qué estaba hablando Dios? ¿Quién era la simiente que iba a traer bendición al mundo? Pues claro, ¡fue Jesucristo! (Véase Gálatas 3:16.) Dos mil años después de Abraham, otro Hijo subió el para ser sacrificado. Otro Padre se estremeció de dolor al ver a su único Hijo en agonía sobre el altar de sacrificio, la cruz. Pero este Padre no rescató a su Hijo. No apareció ningún animal para tomar su lugar sobre el altar. Ese día el Hijo perfecto de Dios derramó su sangre y entregó su vida en sacrificio por el pecado del mundo. En él todas las naciones reciben bendición. En él todas las personas que creen reciben vida eterna.

2. ¿Por qué juran los hombres? Hebreos 6:16.
Porque los hombres ciertamente juran por uno mayor que ellos, y para ellos el fin de toda controversia es el juramento para confirmación.

Jesús enseñó que los juramentos a nivel humano proceden de mal (Mateo 5:33-37). No dijo esto porque es pecado jurar, porque él mismo respondió bajo juramento durante su tribunal (Mateo 26:63-64). ¿En qué sentido, entonces, proceden los juramentos de mal? Los hombres juran porque son mentirosos. Juran por algo o alguien que consideran mayor de ellos para confirmar su palabra. Si no fuera por las mentiras, no habría necesidad de juramentos.

Jesús dijo que nuestro sí debe ser sí, y nuestro no debe ser no. Si siempre decimos la verdad, nadie tendrá motivo por el cual dudar nuestra palabra. Sin embargo, como la mentira está tan arraigada en nuestra cultura, habrá tiempos cuando será necesario confirmar nuestra palabra con juramento.


3. ¿Por qué jura Dios? Hebreos 6:17-18.
Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros.

Cuando habló con Abraham, Dios acudió a la costumbre humana de jurar para confirmar su palabra. Quería que Abraham y todos nosotros estuviéramos completamente convencidos de que su promesa es segura. Como no hay nadie más grande y poderoso que Dios, él juró por sí mismo. Podemos confiar en su palabra porque:
• Dios no puede decir mentira. No hay nada de engaño en él. En su esencia es la más pura verdad.
• Dios juró que estaba diciendo la verdad. Tomó en consideración nuestra debilidad y calmó nuestras dudas con juramento.

Lee Génesis 22:16-18. ¿Qué prometió Dios a Abraham bajo juramento?
• Prometió bendecir a Abraham, y por extensión, a los descendientes de Abraham.
• Prometió que sus descendientes serían numerosos, como las estrellas y como la arena. Es decir, serían tan numerosos que sería imposible contarlos.
• Prometió que sus descendientes vencerían a sus enemigos.
• Prometió que por medio de su simiente todas las naciones del mundo recibirían bendición. La simiente de que hablaba es Jesucristo.

Abraham no entendió la enorme promesa que Dios le dio. Entendió que Isaac iba a ser el progenitor de una gran nación, y esto le consoló. Entendió que en el futuro esa nación sería fuerte, porque derrotaría a sus enemigos. Y entendió que de alguna manera todo el mundo recibiría bendición a través de esa nación.
Nosotros que tenemos la Biblia completa podemos mirar a través de la historia y ver cómo Dios cumplió su juramento a Abraham.
• Hoy los descendientes de Abraham llenan el medio oriente. Tanto árabes como judíos trazan su genealogía desde Abraham. La promesa hace referencia específicamente a los descendientes de Isaac, o sea, los judíos. Miembros de esa nación se encuentran en todas partes del mundo. Han mantenido su identidad nacional en dondequiera que han ido. A través de los siglos, su número ha multiplicado hasta millones de millones.
• La promesa de victoria sobre los enemigos se cumplió en parte cuando Josué conquistó la tierra de Canaán. Otro cumplimiento de esta promesa sucedió cuando Jesús venció a Satanás, el pecado, y la muerte. Hizo esto cuando murió en la cruz y resucitó. Su cumplimiento final será cuando Jesús venga a reinar sobre el mundo entero durante el milenio.
• La simiente de Abraham, o sea Jesucristo (Gálatas 3:16), ha traído bendición abundante al mundo. Por su muerte en la cruz solucionó para siempre el problema del pecado. Tomó sobre sí mismo todo nuestro pecado, y sufrió el castigo terrible que éste merece. Murió espiritualmente cuando fue separado del Padre, y murió físicamente cuando entregó su vida al final de las seis horas en la cruz. Además, por su sumisión total al Padre sobre la cruz, Jesús venció al rebelde Satanás, y garantizó el eterno castigo de éste en el lago de fuego. Cuando resucitó en cuerpo glorificado, ganó la victoria rotunda sobre la muerte. Ya no tenemos miedo a la muerte, porque Cristo la venció, y nos promete que compartiremos su victoriosa vida eterna.

4. Jesús, nuestra ancla. Hebreos 6:19-20.
La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.

Ahora llegamos a la ancla que asegura nuestro corazón y nuestro futuro. Para ser digno de confianza una ancla tiene que ser fuerte para que no se parte bajo la presión del agua y viento. También tiene que ser asentado en un lugar firme. ¿Nuestra ancla cumple estos requisitos? ¡Sí!
Nuestra ancla es segura y firme, porque es Jesucristo mismo. El es la persona más digna de confianza en el universo entero. Es todopoderoso, de modo que nada ni nadie lo puede vencer. Es omnisciente, de modo que nada lo coge de sorpresa, y no hay enigma que no puede resolver. Es fiel, de modo que nunca fallará. Es amor, de modo que siempre anhela nuestro bien. Siempre deseará compañerismo con nosotros. Este Creador y Salvador nunca nos fallará. Nunca será infiel. Nunca nos desamparará, y nunca nos defraudará. Cuando ponemos nuestra confianza en él, podemos estar completamente seguros de que él nos va a salvar para siempre.

¿ Los siguientes versículos refuerzan la enseñanza de Hebreos 6:19-20. ¿Cómo nos aseguran de que nuestra salvación no depende de nosotros, sino de Jesús?
2ª a Timoteo 1:12. Pablo había depositado en Cristo su fe. Estaba confiando en él para su salvación presente y futura. Había basado su vida sobre sus promesas, y estaba seguro de que Jesús era poderoso para proteger su inversión.
Filipenses 1:6. Cuando Dios empieza una obra, él mismo la termina.
Romanos 8:37-39. Nada ni nadie nos puede separar del amor de Cristo. Algunos dicen que nosotros mismos podemos separarnos de su amor, pero esto no concuerda con el texto que dice que “ninguna cosa creada” nos puede separar de él. Somos creados por Dios, de modo que estamos incluidos en la promesa. Otros dicen que nuestro pecado nos puede separar de él. Es cierto que el pecado nos puede separar de la comunión con él, pero no puede romper el amor que Cristo nos brinda. Recordemos que el pecado fue tratado en Romanos capítulos 4 y 5. Cristo lo pagó, y nuestra justicia se basa en su sacrificio a nuestro favor.
Juan 10:27-29. Las ovejas del Señor están en la mano de Jesús, y él está en la mano de su Padre. Nadie las puede arrebatar de su mano, ni tampoco de la mano del Padre. Mucho menos pueden salir por sí solas. Están guardadas para Dios, y nunca se perderán.

No solamente tenemos una ancla todopoderosa y firme, sino que está asentada en un lugar donde no la puede mover nadie. Jesucristo nuestra ancla ha penetrado dentro del velo, hasta la misma presencia de Dios Padre. Ha entrado como nuestro precursor, es decir, su presencia en ese lugar es nuestra garantía que nosotros también estaremos con él.


La frase “dentro del velo” se refiere al tabernáculo o templo donde los sacerdotes levitas hacían su trabajo. El templo fue dividido en dos cuartos. La parte más amplia fue llamada el “lugar santo”, donde los sacerdotes entraban diariamente para atender el candelero de oro, cambiar los panes, y ofrecer incienso sobre el altar de oro. La segunda parte se llamaba el “lugar santísimo”. Este cuarto no tenía nada sino el arca del pacto que simbolizaba la presencia de Dios.
Entre el lugar santo y el lugar santísimo había un velo de tela gruesa. Los sacerdotes no podían pasar el velo bajo pena de muerte. Nadie podía entrar en la presencia del Dios santísimo sino el sumo sacerdote una vez al año. El velo representaba el pecado que separaba a Dios de los hombres.
Ahora bien, Jesús no traspasó el velo del templo en Jerusalén, pero cuando él murió, el velo del templo se rompió desde arriba hasta abajo. Con su sacrificio eliminó el problema del pecado para siempre, y ahora toda persona que cree en él tiene libre acceso a Dios.
Aunque Jesús no entró en el lugar santísimo del templo de Jerusalén, entró en el lugar santísimo en el cielo que el templo solamente representaba. Jesús entró en la misma presencia de Dios Padre llevando su sangre como ofrenda por el pecado del mundo. Cuando él penetró detrás del velo en el cielo, llegó como nuestro representante. En su presencia delante del Padre, tenemos plena seguridad que nosotros también seremos recibidos en el mismo lugar.

Los siguientes versículos amplifican la enseñanza de Hebreos 6:19-20. ¿Cómo nos ayudan a entender lo que Jesús está haciendo hoy en presencia del Padre, y nuestra esperanza por el futuro?
Juan 17:24. Jesús oró que todos los suyos estarían con él para siempre. Como Jesús tiene libre acceso al Padre, nosotros también. Tenemos acceso ahora por medio de la oración, y en el futuro estaremos en su presencia para siempre al lado de nuestro amante y poderoso Salvador.
Romanos 8:34. Jesús está a la diestra del Padre intercediendo por nosotros.
1ª de Juan 2:1. Jesús es nuestro abogado delante del Padre. Cuando pecamos, él presenta su sangre que derramó a nuestro favor. El es la propiciación perfecta por toda nuestra maldad. (Jesús es la propiciación por nuestro pecado porque su muerte satisfizo para siempre la justicia de Dios que exige la muerte por el pecado. Jesús, siendo inocente, murió en nuestro lugar, y así pagó el precio una vez para siempre.)

Algunos judíos preguntarán: ¿Cómo puede Jesús ofrecer el sacrificio de su sangre ya que no es de la tribu de Leví? Esto fue un problema serio para los judíos, porque Dios había prohibido en la ley que cualquiera ofreciera sacrificios que no fuera de la tribu de Leví y de la familia de Aarón.
Aparentemente el problema no tiene solución, porque Jesús fue descendiente de David, quien era de la tribu de Judá. A pesar de la gravedad de la dificultad, Dios tenía preparada la solución. Jesús no fue sacerdote según el orden de Leví, sino según el orden de Melquisedec. ¿Quién fue el misterioso Melquisedec, y cómo simboliza su ministerio al de Jesús? De estas preguntas tratan los estudios sobre el capítulo 7 de Hebreos.

1 comentario:

jesus dijo...

gracias que dios los bendiga